21.7.10

...


En el patio veraniego de una casa de pueblo, con el sol anunciándose grandioso, mi abuela peinaba, a duras penas, los rebeldes cabellos que me caracterizaban a mis cinco años, yo lloraba, pero no de dolor, de rabia, no sé porque. Este episodio se repetía día a día como a eso de las 1:45, antes de ir al colegio que quedaba a media cuadra de casa.
Esta es una de los recuerdos más recurrentes que vienen a mí rememorando mi niñez, quizá por lo ridículo del recuerdo, quizá por que mi abuela es la imagen más nítida que tengo de pequeña, quizá por cariño…

Nací el 24 de agosto de 1985, en Punta arenas, mi papá me tuvo a los treinta años, mi mamá a los 20, cuando mi papá fue al hospital a recibir a su nueva criatura, le dijeron que yo era un niño, al mirarme no se dio cuenta que era niña, debe haber sido porque tenía abundante bigote arriba de la comisura de los labios, luego al enterarse de la verdad no sé desilusionó, sin embargo, la sorpresa no fue menor.
Viví con mi papá, mi mamá y mi hermana hasta los 2 años, el último y único recuerdo que tengo de los cuatro juntos, es el de mi papá arrastrando a mi mamá por el suelo tirándola de los cabellos, yo y mi hermana observando desde una cama, llorando. La pelea, los llantos, los gritos, el odio, ocurrieron dentro de una lúgubre y fría habitación.
A los dos años mi papa y yo vivíamos en una habitación, que se ubicaba en altura, creo que era la ultima pieza de la casa, un especie de ático, recuerdo los cuadros de dos payasos, el colchón en el piso, una lámpara que consistía en una ampolleta cubierta de un envase plástico de Colacao, un equipo de música para grabar, una mesa y una gran ventana que daba paso al imponente sol, seguridad.
A mi corta edad ya demostraba inclinación a ciertos intereses, pintar con mis plumones fosforescentes, el puré con huevo, el yogurt 1+1 acompañado de las melodías de Topo Gigio todas las mañanas, la visita a los abuelitos y el café de cebada...

Voces estrepitosas se renuevan en mi mente una y otra vez con el frío del invierno, en un cuarto oscuro di mis primeros alaridos de libertad a una corta edad, desesperación, vacuidad, escepticismo e ironía eran las reinas de mi mundo.
Crisis solitaria de un tiempo detenido, un peso sobre la espalda que develó la verdad, una ideología infinita que aún carga sobre mi, distintos matices a través de los segundos y dimensiones, sin embargo la estadía en la humanidad se hace cada vez mas insalubre.
No soy la hija intachable, ni la madre excepcional, ni la ciudadana correcta, ni la amante perfecta, no tengo moral, sin embargo soy fiel a mis pares, fiel a lo que yo elegí, a lo que incluí en mi vida, por opción, por entendimiento…

No hay comentarios:

Publicar un comentario